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Que levante la mano quien no se haya sentido alguna vez abrumado por la enorme cantidad de información que recibimos cada día. Recuerdo aquella frase que nos repetían una y otra vez en la Carrera: “desde que nos levantamos y vemos la marca de nuestro despertador, recibimos unos 3000 impactos publicitarios cada día”. Y eso que aún no existían Facebook, ni Youtube o Spotify, no había podcasts y apenas sabíamos qué era Google

El volumen de información que nos rodea es realmente inabarcable. Porque, al fin y al cabo, admitámoslo: la información a nuestro alrededor ha tenido un crecimiento exponencial, pero nuestros días siguen siendo de 24 horas. Y después de todo seguimos teniendo que trabajar, realizar desplazamientos, ir al gimnasio, comer, dormir… ¿Quién tiene tiempo entonces para leer todos los blogs a los que está suscrito, todos los tweets que le llegan, todos los artículos que le llaman la atención, ver todos los vídeos que alguien recomienda en Facebook, escuchar todos los podcasts interesantes, o abrir todos los mails que recibe con el asunto “¡tienes que ver esto!”? Es materialmente imposible. Y aunque no lo fuera, nuestra mente no resistiría tal avalancha.

Por suerte, ante la saturación excesiva nuestro cerebro ha aprendido a ignorar y descartar todos los impactos comunicacionales que no nos interesan. Salimos a la calle y no tenemos la necesidad de fijarnos detenidamente en todas las vallas publicitarias, en las marquesinas de los autobuses, en los carteles, en los escaparates. Navegamos por la web y filtramos e ignoramos gran parte de lo que percibimos como publicidad no solicitada. Y salvo que algo sea realmente llamativo, capte nuestra atención o responda a nuestros intereses, nuestra mente lo difumina para ayudarnos a evitar distracciones improductivas.

¿Cómo llegar entonces a un público que conoce perfectamente el lenguaje publicitario y como norma general lo rechaza? La respuesta, tan simple y tan compleja, está clara: siendo creativo, siendo relevante, siendo útil, simple, claro y, a ser posible, apelando a sus emociones. No compliquemos las cosas innecesariamente, destinemos esfuerzos a conocer a nuestro público, a saber qué espera de nosotros, y ofrezcámoslo de manera clara, sin saturarle, sin confundirle, que tenga claro el mensaje.

Es muy probable que en un entorno tan complejo, la simplicidad pueda ser la clave de la eficacia.  Como muestra, el texto de cierre de “Infoxicación”, el último spot de Mercedes, producido en España por la agencia El Laboratorio.  “Infoxicación: miles de opciones, millones de dudas. Suerte que aún hay decisiones que se toman solas”.

¿Acaso no pueden ser las mejores soluciones las más simples?